equiposentrandoalafinal“Pegamos los primeros diez minutos, y después ganamos jugando al fútbol”. Así resumió Nasazzi la forma de ganarle a los argentinos. En aquellas épocas, Uruguay estaba representado por hombres recios, guerreros curtidos que no andaban a las risitas ni se tapaban la boca para hablar, no se planchaban el pelo ni se depilaban las gambas, que metían cabarute, asado y vino pero adentro de la cancha metían como nadie y además jugaban. Ballestero, Nasazzi, Mascheroni, Andrade, Fernández, Gestido, Dorado, Scarone, Castro, Cea e Iriarte fueron los once celestes que inscribieron la primera página de la historia de los mundiales.

Aquel 30 de julio de 1930, los gladiadores liderados por el Mariscal José Nasazzi derrotaron a Argentina por 4 a 2. Pablo Dorado, José Pedro Cea, Santos Iriarte y Héctor “Manco” Castro fueron los verdugos que dejaron bien en alto el prestigio ganado en Colombes y Amsterdam.wc-1930--final-urugu_77105

La rivalidad llegó hasta tal punto que muchos jugadores argentinos temieron por sus vidas cuando al descanso de la final del Mundial ganaban 2 a 1. “Mejor que perdamos, si no aquí morimos todos”, llegó a decir Paternoster a sus compañeros en un vestuario en el que se palpaba el miedo y en el que hubo hasta lágrimas. “Monti estaba tan asustado que cuando se caía un uruguayo iba y lo levantaba”, recordaba su compañero Varallo.

La muestra de lo que era hacer respetar el Centenario fueron las palabras del argentino Francisco Varallo: “…yo tengo malos recuerdos (…) Nos hicieron de todo los uruguayos en esa final. Los aficionados uruguayos nos hicieron la guerra desde que llegamos porque sabían que el título iba a estar entre ellos y nosotros. Por la noche no nos dejaban dormir y nos insultaban en los entrenamientos”.

La primera final de los mundiales se ganó adentro y afuera de la cancha, haciendo respetar los valores del fútbol uruguayo (hoy conocidos como los viejos valores). Algunos dirán que éramos campeones por primera vez, otros dirán que por tercera, pero lo cierto es que los uruguayos se consagraron aquel día como “Campeones de América y del Mundo” y el Coloso de Cemento empezó a construir su fama de reducto inexpugnable.