El hijo de Pablo Forlán siempre fue un jugador con sorpresa, característica que tienen los jugadores con recursos. De furibunda pegada con ambas piernas, fue factor sorpresa en aquella remontada contra Senegal en Corea-Japón, como también supo sorprender con algún altercado con un chilenito y más adelante en el tiempo, con aquel supuesto recio zaguero colombiano Yepes en Brasil 2014. Ya lo decía el propio Mago Fabián O’ Neill, no cabían dudas de la capacidad realizadora del rubio delantero de los cinco idiomas. El Boniato chico es un hacedor, así sin más. El hombre se sentía tan cómodo guiando por los intrincados caminos de la informática a los prohombres del 2002 o cocinando torta marmolada para los no tan prohombres de la actualidad, como se siente haciendo goles de todos los colores o un hijo por año. Llegó el tercero, para ubicarse a apenas uno de su prolífico progenitor. Como para que le den la pelota, como tantas veces en su carrera. Quedate tranquilo, Chengue, que tu socio ideal no te va a defraudar tampoco en estas lides. Llegó un Forlán más a esta tierra y no es uno más, no. No es que el primogénito, Martín, no despierte al menos una esperanza de continuar la tradición. Quién sabe, tal vez le salga tenista o ingeniero de sistemas, pero seguro que no va a producir la misma expectativa que el Forlancito que acaba de nacer. Dicen que el nombre de una persona marca mucho, algo con lo que no podemos estar más de acuerdo. Por eso es una luz de esperanza la llegada al mundo de César Forlán, cuando ya casi no quedan Washingtons, Walters, Ricardos, Robertos, Juan Carlos. Quizás llamarse César ya lo hace nacer con la personalidad de un hombre grande. Ni que decir lo que podría ser si se anima a ponerle Pablo de segundo nombre, honrando al abuelo y al tío. Tal vez se llame César en honor al gran Churrasco Pelegrín. No en vano, el hijo del Boniato compartió habitación con el recordado lateral izquierdo en el Mundial de Nigeria ’99 bajo las órdenes de Víctor Haroldo Púa. Es cosa de hombres de bien homenajear a aquellos con los que nos pusimos alguna vez espalda con espalda. El tiempo dirá si el día de mañana, si el mejor jugador de Sudáfrica 2010 pasa de ser “El hijo de Pablo”, a ser “El padre de César”. Y quién sabe si ese César no nos depara en unos años a un rubio de frondoso bigote, parándose en el medio de la cancha como su tío Pablo (h), con el despliegue incesante de su abuelo (el propio Boniato) y con la pegada de su padre (el afamado hijo de Pablo). Dicen que hay gente que nace con estrella, y César Forlán es un ejemplo de ello. Ya lo estamos esperando, para continuar el legado familiar (y de repente con menos inclinación hacia la elaboración de cupcakes y más gusto por las tradiciones orientales del Uruguay). ¿Jugador con sorpresa? El hijo del Boniato, que le pone César a un hijo en plena debacle de nombres raros, sacudiendo el nomenclátor con la misma fuerza con la que impactaba la Jabulani con cualquiera de sus dos botines.